miércoles, 10 de agosto de 2011

Se acabó el recreo

Felicidad; palabra cargada de ilusión, deseos, sueños, esperanzas... yo prefiero la locura, no es de plástico, es real.

La magia con la que vivimos cuando somos pequeños se rompe en algún momento y entonces nada vuelve a ser lo mismo. Ojala hubiese caído fulminada en esa herida, entonces quizá hubiera tenido oportunidad de empezar a creer otra vez en todo en lo que ahora no creo.
Me gustaría volver a encontrar los polvos de hada mágicos de los que un día estuve convencida que existían.
Ninguno nos confundíamos cuando decíamos que no queríamos crecer, cuanta razón teníamos... Palabras cargadas de sabiduría inocente, y eso que aún ni vislumbrábamos un ápice de lo que nos esperaba al otro lado de nuestra habitación de colores y purpurina. ¿Dónde está ese lugar ahora? Tristemente languidece en una mansión oscura y fría esperando que nadie lo encuentre, pues es donde residen atrapadas nuestras fantasías y las fantasías, son de niños. O eso dicen las bocas más cobardes. Allí llevaron secuestradas nuestras ilusiones. Las amordazaron, las encerraron, y tiraron la llave al pozo de los deseos, donde poco a poco la enterramos con pesadas monedas cargadas de ambición. En ambición se transformaron nuestros sueños.
Los monstruos que nos atemorizaban de noche ahora lo hacen a todas horas, y no desaparecen al encender la luz. La realidad supera los juegos. La imaginación queda a un lado y los prejuicios crean escuela. Se rompió la cuerda y se pinchó la pelota.



Niños, se acabó el recreo.

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